¿Queremos que se valore el esfuerzo individual? La importancia de la situación económica

admin 18 comentarios

De (con Abigail Barr, Justine Burns e Ingrid Shaw).

Con esta entrada continúo una discusión abierta por Pablo Brañas y seguida por Antonio Cabrales en este blog sobre la valoración que la gente hace del esfuerzo individual y sobre cómo ésta influye en las preferencias de la población en materia de políticas redistributivas. Éste es un tema importante, sobre todo en el contexto actual en el que con frecuencia se recurre en los medios a la idea de instaurar una “cultura del esfuerzo” (ver, por ejemplo, y ) y se presenta ésta como un objetivo a alcanzar por las reformas laborales y educativas. No quedan lejos las declaraciones del presidente de una de las mayores empresas de este país reclamando que “.”

Curiosamente, la dicotomía que realiza Juan Roig entre preferencias por el “maná caído del cielo” y actitudes conducentes a una “cultura del esfuerzo” ha sido objeto de un intenso debate en el seno de la Economía Experimental y del Comportamiento en las últimas décadas. Los primeros experimentos sobre la materia fueron realizados en economía en los años 70, siendo uno de sus precursores el premio Nobel , quien en 1978 formalizó la idea de “principio de equidad” que ya circulaba en algunos textos de psicología y sociología anteriores. Este principio de equidad ha sido definido de muchas maneras desde entonces, pero lo que la mayoría de economistas experimentales tienen en la cabeza cuando hablan de valorar el esfuerzo es lo que James Konow ha definido como el “” (accountability principle). En general, este principio se refiere a que cualquier compensación que reciba una persona (por ejemplo, un salario) debería depender de aspectos que estén bajo el control de esta persona (por ejemplo, el esfuerzo) y no tanto de factores que se hallen fuera de su control (por ejemplo, la suerte o la intervención arbitraria de un tercero).

¿Cómo determinamos los economistas experimentales si una persona valora o no el esfuerzo? Típicamente diseñamos dos situaciones idénticas en las que los participantes tienen que distribuir un excedente entre un grupo de personas (en el que la persona que decide puede estar incluida o no). La única diferencia entre las dos situaciones es que en la primera (o tratamiento aleatorio), el excedente no es sino “maná caído del cielo” (en este caso el cielo es el experimentador que aleatoriamente asigna partes del excedente entre los participantes), mientras que en la segunda condición (o tratamiento de esfuerzo) los participantes han ganado mediante su esfuerzo el excedente que será repartido.

Al comparar estas dos situaciones en el laboratorio, la mayoría de estudios experimentales encuentran que la mayoría de gente trata a todos los participantes por igual cuando el maná ha caído del cielo experimental, pero aceptan las desigualdades entre los participantes cuando éstas se deben al esfuerzo. ¿Es éste un resultado estable entre diferentes contextos culturales y grupos sociales? No tanto. Y de este modo podemos ir acercándonos a la preocupación inicial planteada por Juan Roig y otros acerca del alejamiento de una cultura del esfuerzo. Varios trabajos internacionales (como y ) muestran que los participantes en experimentos en países como Estados Unidos, España o Kenia creen en el esfuerzo y valoran éste de forma distinta.

¿Se trata de una cuestión cultural por tanto? No solamente. Las diferencias entre distintos perfiles socio-económicos y educativos en el seno de una misma sociedad también son importantes. Se ha mostrado (ver ) que la educación contribuye a incrementar el reconocimiento y la valoración del esfuerzo individual. En la misma línea, en el que voy a describir en el resto de esta entrada mostramos que si bien la educación importa, la posición económica relativa es un factor más influyente en la valoración del esfuerzo que el stock de capital humano (medido en años de educación). Además, a diferencia de lo mostrado por un buen número de estudios comparativos internacionales, en nuestro caso encontramos que la relación entre situación económica y la valoración del esfuerzo se mantiene estable en dos países con unos indicadores económicos y sociales tan diferentes como el Reino Unido y Sudáfrica.

Para estudiar la relación entre situación económica y valoración del esfuerzo, llevamos a cabo la comparación experimental típica descrita más arriba en dos contextos económicos distintos, pero además dentro de cada país participaron en el experimento personas con una situación económica muy diferente.

Llevamos a cabo nuestro primer experimento en el Reino Unido. Seleccionamos una muestra de desempleados residentes en la ciudad de Oxford como personas en una mala situación económica, así como  a estudiantes universitarios y empleados residentes en la misma ciudad como individuos con una buena situación económica. La figura 1 muestra que mientras que los empleados y estudiantes distinguen entre las desigualdades fruto de la suerte (gráficos de la izquierda) y aquéllas que se deben al esfuerzo (gráficos de la derecha), los desempleados no hacen tal distinción entre los distintos tipos de desigualdades. ¿Cómo podemos observar este resultado en los gráficos?

El eje horizontal de cada uno de los gráficos indica la cantidad de dinero con la que cada participante inicia el juego (pensemos que son sus ingresos brutos, ganados o caídos del cielo según la condición experimental). En el gráfico este dato se expresa como la proporción sobre el total de dinero a repartir. Para que nos hagamos una idea, las proporciones van desde menos del 5% del total hasta casi el 50%. El eje vertical tiene los mismos valores, pero en este caso representa la proporción que, en media, recibía al final del experimento un jugador que partía de una situación inicial determinada. Por ejemplo, el primero de los puntos amarillos del primero de los gráficos indica que los participantes que partían con una proporción inicial de en torno al 5%, recibieron en media casi el 20%. Como podemos ver, en este mismo gráfico, los que partían con casi el 50% también recibieron en media en torno al 20%, por lo que en este gráfico se observa bastante redistribución.

Los participantes podían mantener las asignaciones iniciales (respetando las desigualdades existentes) o redistribuir el dinero (por ejemplo haciendo que todo el mundo tenga lo mismo, como en el ejemplo anterior). Así, si las observaciones para un subgrupo (estudiantes, empleados, desempleados) se encontraran sobre la diagonal de 45º diríamos que ese subgrupo respeta las desigualdades existentes. Diremos que un subgrupo valora el esfuerzo si respeta aquellas desigualdades fruto de éste e intenta reparar aquellas desigualdades que son fruto del azar. Como se puede observar, mientras que éste es el patrón que encontramos entre estudiantes y empleados, no encontramos tal distinción entre los desempleados.

Nuestro segundo experimento fue diseñado para poner a prueba en qué medida los resultados del primer experimento podrían ser generalizados a otros contextos económicos y sociales. Para ello, llevamos a cabo el experimento en Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Además de la posición en el mercado de trabajo de los participantes, en Sudáfrica usamos las respuestas proporcionadas a una pregunta de encuesta en la que se distingue entre personas de estatus económico alto y bajo. Los resultados del segundo experimento también confirmaron nuestra hipótesis; los individuos que clasifican su hogar como rico o de ingreso alto o medio distinguen entre las desigualdades que se deben a la suerte y las que se deben al esfuerzo, mientras que los individuos que clasifican su hogar como pobre o de ingreso bajo se comportan de forma similar en las dos situaciones (ver la figura 3 más abajo).

Nuestros resultados sugieren que la valoración del esfuerzo individual depende de la situación económica relativa de las personas: las personas con una mejor situación económica distinguen entre desigualdades fruto de la suerte y desigualdades fruto del esfuerzo, aceptando en mayor medida estas últimas, mientras que las personas con una situación económica relativamente peor no distinguen entre las distintas causas de las desigualdades. Además esta relación se mantiene en dos contextos económicos, sociales y laborales muy distintos. La literatura empírica sobre por qué distintas personas o grupos reconocen y valoran el esfuerzo de forma diferente se ha incrementado notablemente en las últimas dos décadas, como muestra la excelente revisión de la materia realizada por . El impacto de la posición económica relativa, así como el de otros factores individuales y contextuales, está siendo objeto de abundante investigación empírica que podría servir para guiar las intervenciones en términos de políticas redistributivas, laborales y educativas que nos acerquen a la ansiada “cultura del esfuerzo”.

Hay 18 comentarios
  • Muy interesante el post, una pregunta, ¿en los grupos de "random allocation" ¿sabian ellos en el momento de proponer su reparto cual había sido el nivel de desempeño relativo de cada uno de los participantes, o al menos el suyo personal con respecto a algun benchmark?

    un saludo

    Narciso

    • Gracias Narciso. Los que participaban en el trabamiento aleatorio (sin esfuerzo) no tenían información acerca de su productividad/esfuerzo relativo. Lo único que podía hacer cada uno es una evaluación subjetiva de cómo lo había hecho.

  • Estimado Luis Miller y demás coautores y lectores del blog,
    Es muy interesante lo que han expuesto. Saben que en antropología se estudian las acciones humanas y sociales (human agency) en varios entornos, por ejemplo en las NTR (nuevas técnicas reproductivas) -ya se que no tiene que ver con el esfuerzo, pero es un síntoma evidente de la transformación de la sociedad al hacer de la reproducción un elemento de consumo más- Se han preguntado si el esfuerzo esta directamente relacionado con las pretensiones de consumo. Y también si el entorno cultural hace que la percepción del esfuerzo sea solo de un carácter determinado (por ejemplo el trabajo físico y no el intelectual)
    Si el esfuerzo esta directamente relacionado con las pretensiones del consumo, haremos de la cultura del esfuerzo una herramienta para individuos que pueden tener carencias de crítica y por tanto demediamos intelectualmente. El ansia por tener un número mayor de bienes les harán caer en el endeudamiento exacerbado.
    Si no logramos obtener un equilibrio (siempre difícil) o dar valor al esfuerzo intelectual, no tendremos una sociedad mejor.

    Gracias
    Santiago

  • Seria más positivo si algun empresario ilustre empezase a alabar la cultura de la inteligencia aplicada en el trabajo para el bien colectivo (la empresa), en vez tanta cultura del esfuerzo individual.

    Por otra parte la triste realidad es que por todas partes se ve mucha gente que vive muy sin grandes esfuerzos individuales.

  • Luis,
    Gracias. Mi comentario sólo plantea mi preocupación por cómo se definen dos problemas (1) la aceptación del esfuerzo personal u otros factores como determinantes “principales“ del ingreso personal, y (2) la tolerancia e intolerancia de la desigualdad de ingresos. La definición condiciona cómo se estudian los dos problemas y la relación entre ellos.

    La idea subyacente es el reconocimiento de que la valoración del bienestar individual está condicionada a la apreciación del bienestar de los demás --por lo menos como “métrica objetiva“. Mi primera preocupación es quiénes son los demás --y diría que cuánto más grande el número de los demás, más me preocupo porque sabemos lo mucho que ignoramos sobre los demás (hoy existen medios para circular ideas como si fueran hechos pero que no resistirían ningún intento de verificación empírica) y además porque sabemos de nuestros sesgos en contra de los excluidos.

    Una aproximación es decir que el vecindario sigue siendo la referencia apropiada para AMBOS problemas, pero sus límites son hoy más vagos que cuando vecindario coincidía con tribu. Si bien esa aproximación puede ser aceptable para el problema (1) no me parece que hoy --precisamente por esa vaguedad-- sea aceptable para el problema (2). El análisis de los dos problemas se complica cuando su propósito es determinar si se justifica o no una intervención del gobierno (y qué tipo de intervención se justificaría) porque en este caso definimos a los demás como la población sujeta al poder de un gobierno --por cierto, una definición arbitraria de los demás.

  • A mí lo de la cultura del esfuerzo me suena un poco a lo del valor-trabajo.

    La intuición dice que premiando los resultados, conseguimos que quienes sean capaces de obtener mejores resultados sean los que más se esfuercen. Premiando el esfuerzo, lo desligamos de los resultados, y lo convertimos en una cuestión de equilibrio personal.

    Aunque a veces la evidencia es muy traicionera ¿Hay algún estudio que indique que un conjunto de personas es más productivo premiando su nivel de esfuerzo en vez de sus resultados?

    • casty,

      Interesante pregunta. En la realidad el esfuerzo no es normalmente observable y por tanto distinguir entre resultados y esfuerzo se hace muy complicado. En el laboratorio intentamos, de forma artificial por supuesto, crear tareas tan simples que no dependan de la habilidad de los participantes, y de este modo interpretamos los resultados obtenidos por estos como fruto de diferentes esfuerzos, aunque en definitiva se trate de resultados de una tarea concreta.

      Saludos

  • Una revisión muy interesante. No conocía esta literatura.
    Las fuentes de la desigualdad son numerosas, algunas inevitables. En términos de renta, la sociología seria ha mostrado que una desigualdad de la renta muy elevada tiene repercusiones muy negativas para una sociedad (incremento de la delincuencia, desconfianza, agresividad, peores resultados en salud, etc.). Por otro lado, una desigualdad de la renta cercana a cero podría destruir la motivación por el esfuerzo. Se me ocurre que el óptimo de desigualdad de la renta se encuentra en el punto en que no perjudica significativamente la motivación de los individuos de esa sociedad por esforzarse.

    Gracias por el post.
    Christian

  • Luis

    Muy bonito tu post, muy claro y muy bien contado. Básicamente lo que hemos aprendido en el laboratorio que el "dinero ganado" (haciendo algo) genera unas reacciones -que por simplicidad podemos llamar JUSTICIA- entre los participantes mientras que el "dinero llovido" no genera estos efectos. Es la idea de "total si me lo regalan".

    En muchos entornos laborales, los grupos reciben incentivos si logran ciertos objetivos (pero es algo borroso ) y no sabe demasiado bien porqué se logró 90 u 80 y acaban teniendo la sensación de que es maná..... Y si además no disponen de buenos mecanismos para saber la aportación individual de cada miembro del grupo al objetivo. Al final ACABAN usando un reparto igualitario.

    Y ese reparto mosquea enormemente al que se ha esforzado mucho.... y lo incentivos acaban desincentivando. Se me ocurren muchos ejemplos ....

    Un abrazo Luis,

    PABLO

  • Buen post,

    Supongo que la "sensación" de haber ganado lo que se tiene con el esfuerzo es mayor cuando se tiene mucho que cuando no se tiene nada; independientemente de la forma en que se ha hecho

    Es difícil acabar por definir el mérito y el esfuerzo cuando los puntos de partida son tan distintos

    Se me viene a la cabeza la lucha de los primeros economistas liberales contra el "rentismo" aristocrático y sus ideas para acabar con los privilegios "de cuna", en particular John Stuart Mill en su libro "Principios de Política Económica", en su célebre capítulo IV "Sobre el Estado Estacionario", en él proponía que las personas atesorasen todo lo que pudiesen ganar de por vida, pero a los descendientes (en herencia) sólo pudiesen dejarles lo suficiente para una existencia desahogada pero en absoluto grandes fortunas; esta medida garantizaría, como pocas, la verdadera cultura del esfuerzo y sería algo más cercano a la igualdad de oportunidades

    El problema clave de todo esto, como menciona Manu, es el cambio de instituciones, yo, la verdad, analizando la historia sólo veo verdaderos cambios en las revoluciones y guerras y muchas veces no para mejor
    Pero que la "clase" política que tenemos venga, a estas alturas, a proponer la "cultura del esfuerzo", que, debe traducirse por " vais a ganar mucho menos y trabajar mucho más" (nosotros no ellos), mientras el saqueo del país no hace más que acelerarse sin que nadie vaya a la cárcel, es para echarse a llorar

  • El artículo ilustra bien lo frustrante de investigar en ciencias sociales. Deducir reglas generales más allá de los resultados de la prueba es toda una aventura aleatoria.

    Uno de los estudiosos que más esfuerzo dedicó a la equidad ha sido Rawls. Para ello tuvo que idear dos seres humanos minimalistas e inexistentes y definir su naturaleza como estrictamente monetarista y utilitaria.

    Sus conclusiones fueron que el grupo social tiene derecho "contractual" a apropiarse de todo tipo de activos de cualquiera de sus miembros más afortunados en talentos y capacidad de sacrificio porque todos ellos son debidos a una injusticia original: las diferencias de partida nacen del azar y por tanto injustas y corregibles.
    Para él hasta la fuerza de voluntad, el espíritu de sacrificio o la belleza son inmerecidas y colectivizables.

    Sospecho que el bueno de Rawls salió a pescar con una clara idea del pez con el que tenía que regresar pero en cualquier caso su perspectiva está en la base legal del estado moderno.
    Por lo tanto estos criterios no pueden ser ajenos a lo que está sucediendo sistémicamente dado que impregnan todas las leyes.

    Pero, claro, con estas reglas los sistemas se degradan al mínimo común múltiplo porque es la posición que garantiza mayor rendimiento individual con menor esfuerzo.

    Entiendo que añadir un elemento estructural de mérito implica destrozar toda la legislación y la obra de Rawls y resultará políticamente imposible puesto que gran parte del espectro político vive de ello.

    Saludos

    • Una de las mejores vacunas contra los racionalismos como el de Rawls es "The Fatal Conceit" de Hayek.

      Siempre me ha sorprendido la prepotencia del ser humano al pensar que productos de su mente (como por ejemplo el concepto de "justicia" al estilo de Rawls), puedan ser "superiores" a los diseños "naturales" que surgen, por ejemplo, de la evolución. En realidad nuestra percepción de estos "diseños naturales" y nuestra capacidad para adscribirnos a ellos no son una capacidad de nuestra mente si no que residen en algún lugar entre "nuestro instinto y nuestra razón" (Hayek).

      Es evidente que no es un concepto de justicia "a la Rawls" el que nos ha permitido desarrollar nuestras características físicas e intelectuales (nadie trataría de "justa" el diferente destino de una gacela que nace un dia de "caza" y otra que no). Y tampoco es un concepto de "justicia" así el que determina nuestra "evolución cultural" posterior. Los sistemas de producción se seleccionan no por su mayor o menor adscripción a un determinado concepto de "justicia", si no por su capacidad diferencial para mantener, en términos de bienestar económico, una determinada masa de población.

      En estos términos parece evidente la supremacía "natural" del sistema de producción capitalista (frente al socialismo aparentemente más "justo al estilo de Rawls" o frente al modelo "esclavista" probablemente más injusto), y, si eso es así, me temo que no es gratis, en términos de eficiencia, la imposición desde el poder de elementos de "justicia" que distorsionan el sistema.

      • Hola, José Pablo.

        Rawls es sin duda una de las figuras intelectuales que han dado mayor soporte filosófico al todopoderoso estado moderno. Én estos momentos comienza a ser visible el daño que ha causado queriendo o sin querer.
        Quizás sea un ejemplo más de cómo el camino del infierno está plagado de buenas intenciones pero sospecho que, a pesar de las apariencias de santidad laicista, Rawls dedicó su vida a un encargo muy directo transmitido por el rector Conant de Harvard que fue quien reclutó, tras la guerra, a la mayor parte del cuerpo docente que iría a formar las élites del nuevo imperio.

        Las críticas más sólidas le llegaron de Nozik y de uno de sus sucesores, Sandel.
        Pero quizás la más demoledora es, simplemente, ver lo que ha sucedido con las sociedades que adoptaron su trapichero concepto de justicia basado en la perfecta irresponsabilidad y estulticia de los componentes de su "escenario original".

        No hay mal que cien años dure, pero se echan en falta intelectuales que nos ahorren el trago.
        Un saludo y gracias por recordarme Fatal Conceit, voy a buscarlo. Pobre Hayek, tan inteligente y tan poco listo.

        • La distancia entre Rawls y Hayek es la misma que va de un cesaropapista a un teócrata. Personalmente me aportan muy poco, pero los considero imprescindibles.

          La evolución en las relaciones entre el poder político y las cosmovisiones religiosas o sus epígonos laicos siempre me han resultado de interés. Sin ellas es imposible comprender-calibrar las dinámicas sociales y económicas.

          Ya hace una temporada que nuestro paisano Osio hizo sus pinitos como consejero aúlico del poder imperial y podríamos decir unas cuantas cosas al respecto (por cierto Manu, Osio al parecer llegó a los cien años).

          ....

          "M. Sotomayor cree que es probable que permaneciera todo el tiempo
          junto a Constantino y que fuera ya su consejero principal en la legislación religiosa, muy numerosa, de estos años, y favorable al cristianismo, como las
          disposiciones en favor del clero, la concesión de inmunidad eclesiástica, la
          creación de tribunales para las causas de los laicos, las medidas contrarias a
          los cismas y a las herejías, la restitución de los bienes a la Iglesia, y la
          exención de las cargas públicas a los clérigos. Es hipótesis muy aceptable,
          pues, en un problema concreto, la constitución referente a la manumisión de
          los esclavos en la Iglesia fue redactada personalmente por Osio."

          El conflicto entre libertad y laicidad que se encuentra en las sociedades occidentales contemporáneas ha llegado a un momento post-cristiano:

          La consecuencia lógica (para mí) es que la economía se parece en cierto sentido cada vez más a la teología.

          • Por si no queda claro a lo que me refiero, puede ser ilustrativo este artículo de Andrew Lo:

            Reading About the Financial Crisis: A 21-Book Review. Andrew Lo.

            Moisés Naím se refirió ayer a él en su columna de "El País":

            ¿Qué tiene que ver esto con la cultura del esfuerzo?: mucho.

            En un mundo complejo a veces me pregunto por la utilidad de mi labor profesional, muchas veces no tengo muy claro si el trabajo que he realizado ha contribuido a generar riqueza o pobreza, y en ocasiones sospecho que más bien lo segundo.

            Conozco a unos cuantos muy ufanos de su trabajo y esfuerzo y mi opinión es categórica.: sólo han contribuido a generar pobreza (aunque dependiendo del caso tampoco los voy a criticar demasiado).

            En resumen, el esfuerzo y el trabajo son imprescindibles, pero se mueven en un esquema de incentivos que operan en un sistema de valores. En éste momento el sistema está en completo "disarray", así que me resulta difícil articular una propuesta "orgánica" que no me resulte risible.

            Las observaciones de Quasimontoro respecto a los conflictos individuo-comunidady de DFC sobre quién quiere llevarse el gato al agua me parecen relevantes.

            • ¡Enhorabuena José!
              Buena forma de poner en contexto las disquisiciones teológicas de Manu Oquendo y José Pablo. Menos mal que aún no han beatificado a Darwin, pero dales tiempo. Si no fuera por lo de que venimos del mono, ya le habrían puesto un pedestal junto a San Hayek.

            • No creo que en este momento el debate sea entre individuo y comunidad. Todo lo contrario.

              Ese es un debate traído por los pelos para distraer del conflicto real que es entre quienes han asumido el poder usando la "comunidad" como señuelo y las multiples comunidades sociales que desde siempre han acogido al individuo y le han sostenido frente al infortunio y al poder.
              Hoy, tanto desde la izquierda como la derecha (otros señuelos artificiosos), lo que se está haciendo es destruyendo todo grupo que de alguna forma se encuentre entre el poder y el individuo.

              Curiosamente hasta colegas de Luis Garicanos como John Gray (LSE) hacen suya esta realidad ("False Dawn". 1998) en un intento de renovar cosmologías caducas.

              Lo que es evidente (Luigi Ferrajoli y otros) es que el estado moderno ha acabado destrozado e "ilegítimo" (sic) en manos de partitocracias y sus soportes oligopólicos por mera aplicación de los incentivos propios de un sistema de poder que se hace absoluto en la práctica. En esta situación meros cambios de actores (partidos) no alteran el resultado ni la forma de gestión.

              Por lo demás parece que todos estamos muy de acuerdo. Darwin fuen un gran hombre y Hayek, aunque en mi opinión un pelín fundamentalista, otro. Como a su modo han sido grandes Rawls y sus críticos, Nozik y Sandel.

              De lo que se trata es de verificar hoy el resultado de sus ideas. Y parece que...."Houston, we have a big problem".

              Saludos

  • Garcias Pablo!

    Es exactamente como lo has contado. Sólo añadiría que tanto en el estudio que contaba, como en el que tú contabas el año pasado lo más interesante es que la gente acepta una regla de reparto u otra dependiendo de su posición en el ranking (sea éste el ranking que sea). Esto complica el diseño de sistemas de incentivos que motiven a todo el mundo.

    DFC,

    Gracias por el ejemplo de la propuesta de Suart Mill. Quizá habría que tirar más de los clásicos para repescar alguna buena idea de diseño institucional. Con respecto a tu primera frase, en un estudio reciente se muestra muy elegántemente la diferencia de comportamiento de los primeros en el ranking (los que tienen más) con respecto a todos los demás. Éste es el trabajo:

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