- Nada es Gratis - https://nadaesgratis.es -

Mantras e indicadores adelantados

En estos tiempos que corren los economistas andamos buscando nuevos métodos de predicción e indicadores adelantados de las crisis, para que el futuro nos pille más prevenidos. Mi modesto consejo a la profesión es que empecemos a considerar en nuestros modelos estadísticos los mantras como indicadores adelantados de lo que el futuro más o menos inmediato nos deparará o, mejor dicho, de lo que no va a ocurrir.

En España hemos sido capaces entre todos de crear una floreciente industria de tópicos -algunos de los cuales yo mismo he usado tan alegre como irresponsablemente- que se repiten una y otra vez en declaraciones, editoriales y artículos, como muestra inequívoca de que a nosotros “no nos puede ir tan mal”. En lo superficial estas afirmaciones siempre tienen algo de verdadero, lo que las hace atractivas y fáciles de digerir para la opinión pública. Pasado el tiempo nos encontramos con que sólo han servido para marear la perdiz y para justificar la falta de acción decidida de la política económica.

¿Quién no recuerda aquello de “nuestra posición fiscal es sólida y no debemos temer a una recesión” de 2007, o el brillante “nuestro sistema financiero es el mejor del mundo” de 2008? Pasamos casi sin solución de continuidad de “esto no es una recesión porque no hemos tenido dos trimestres de crecimiento negativo” a creer que “seremos los primeros en salir de la recesión”. Aún provoca un cierto sonrojo recordar nuestra suficiencia al “haber sobrepasado a Italia en renta per cápita e ir a por Francia mal que le pese a Sarkozy”. Pero de todas estas formulas rituales de fabricación nacional mi favorita, porque entre otras cosas fue el resumen de un sesudo documento acordado por gobierno, patronal y sindicatos allá por octubre de 2008, es la que afirmaba que “la culpa de la crisis no es del mercado de trabajo, por lo tanto no hay porqué reformarlo”. Con un par.

Todas estas consignas tienen algo en común: nacen, se popularizan y … más adelante se demuestran completamente erróneas. No tengo nada contra de que los políticos busquen un poco de alivio ante los problemas económicos y que traten de poner buena cara ante las malas noticias. Pero estos mantras ya nos han costado bastante, por lo que creo que los economistas debemos plantarnos ante lo que parece va a ser la canción del verano: “España no es Grecia”.

Que la economía española es más fuerte que la griega, y que nuestras finanzas están más saneadas, es tan cierto como poca garantía de que España no puede encontrarse con una crisis fiscal en algún momento no muy lejano. El escenario de default en una economía del euro era impensable unos años atrás, cuando las crisis de deuda soberana y los sudden stops parecían ser cosas de países emergentes –o de países nórdicos imprudentemente atrapados en su burbuja inmobiliaria. Hoy sin embargo no podemos despreciar estos riesgos tan alegremente, hay que interpretar las señales adecuadamente y sobre todo a tiempo.

La crisis financiera está siguiendo unas pautas que no difieren demasiado de las que hemos conocido en el pasado –véanse diversos trabajos de C. Reinhart y K. Rogoff al respecto. Las diferencias más significativas son su carácter global y el hecho de que los países endeudados y con más problemas son algunos países europeos, y en particular pertenecientes a la UEM. Tras la acumulación de elevadas deudas con el exterior, con el consiguiente boom en la actividad económica, muchos países emergentes sufrieron en los años noventa una severa corrección en su crecimiento a consecuencia de la retirada de la confianza de los inversores extranjeros. De esta situación muchos salieron con fuertes devaluaciones nominales y reales, reorientando sus estrategias de crecimiento hacia la exportación. La abundancia de ahorro mundial resultante llevó a muchos países desarrollados a retrasar los necesarios ajustes para mejorar la competitividad con la consiguiente acumulación de elevados déficits exteriores. Estos son -somos- los que se encuentran hoy en riesgo de algún tipo de crisis de deuda.

La excesiva dependencia de la deuda exterior puede suponer un calvario en los próximos años para nuestra economía. En primer lugar tenemos una eleva deuda nacional con el resto del mundo, como ha analizado Tano Santos en NEG (I, II y III), y con ese panorama, cómo dice mi amigo César, somos financieramente como una economía emergente por lo que estamos en buena medida a merced de los mercados. Pero, incluso dejando aparte la deuda de empresas y familias, no hay que olvidar que nuestra deuda pública se ofrece en mercados ya saturados por las necesidades de financiación de los enormes déficits fiscales en buena parte del mundo. En términos de la interpretación, entre otros, de R. Caballero los gobiernos están ofreciendo en el mercado muchos de los activos seguros que antes de la crisis buscaban los fondos soberanos, y otros inversores con aversión al riesgo, en los productos estructurados de máxima calificación. Esto explica la facilidad con la que los mercados absorben la deuda de EEUU, la alemana, o incluso la de países europeos con déficits elevados. Pero no garantiza una fácil colocación de activos que se perciban menos seguros, aunque sólo sea marginalmente. Las primas de riesgo han aumentado en los mercados financieros, y el de duda pública no es una excepción. Por ello los mercados no están, en mi opinión, dilucidando si España es o no Grecia, lo determinante es cómo nos ven en comparación con países como Alemania –por poner un ejemplo- y ahí si salimos claramente perdiendo.

Esta tierra de nadie, ni los mejores ni los peores de la clase, dista de ser un lugar seguro. Tener un notable en nuestra calificación cuando hay deuda abundante en el mercado con una calificación de matrícula de honor nos deja expuestos a un futuro incierto. Cada mala noticia, cada paso atrás en nuestra recuperación puede sumar a nuestra prima de riesgo. Lo que hoy son 100 puntos básicos, que ya dificultan nuestra recuperación, puede convertirse en un problema más serio cuando el BCE decida subir los tipos o incluso si se atasca la incipiente recuperación global.

La debilidad del crecimiento del PIB, que se señala como causa principal de las dudas que suscita nuestra recuperación, es una posibilidad real a la vista de lo que ha sucedido en países que han pasado por experiencias similares. Y lo será más si no se actúa con urgencia y contundencia para corregir nuestros puntos débiles. Desde 1994 hasta 2007 nuestra economía ha crecido a una tasa promedio del 3 por ciento anual un punto por encima de la media de los principales países de la Unión Europea. Esta tasa coincide más o menos con lo que se ha estimado como nuestro crecimiento potencial, que nos ha permitido reducir nuestro desempleo a razón aproximadamente de un punto porcentual por año. Este rápido crecimiento ha sido impulsado por la disponibilidad de crédito, con el consiguiente el tirón de la demanda interna, factores ambos que sólo se recuperarán –y no en los niveles anteriores a la crisis- tras una reestructuración financiera que no se digiere de la noche a la mañana y cuando el empleo empiece a aumentar significativamente. Nos costará alcanzar el crecimiento potencial, y además este no se recuperará hasta que se complete el reajuste sectorial de la gran cantidad de esfuerzo inversor que se ha desviado hacia la construcción.

¿Cuáles van a ser pues nuestras fuentes de crecimiento en los próximos años? Tenemos cerca el caso de Portugal, cuyos intentos por reducir el déficit exterior no le han permitido mantener las tasas de crecimiento anteriores al año 2000 por lo que ha crecido desde entonces a un ritmo inferior al 1 por ciento anual, sólo ligeramente superior al de Japón. Estas cifras están más lejos de las previsiones del gobierno que de las de quienes rebajan la calificación de nuestra deuda. La experiencia de la costosa reconversión en algunos países emergentes, que vieron alejarse la financiación exterior en condiciones similares a las que hoy sufrimos nosotros, marca la pauta de cómo actuar. Sin la locomotora de la demanda interna necesitamos que la productividad y la demanda externa tomen el relevo. Pero ya sabemos que estas cosas llevan tiempo y que una estrategia basada en la productividad hará lenta la absorción del desempleo –como analizo en un trabajo reciente con J. Boscá, R. Doménech y J. Ferri-, en particular del de menor cualificación. Esto nos lleva inevitablemente a la necesidad de la reforma laboral que no repetiré aquí porque se trata en profundidad en otros posts de NEG.

Los mercados van a discriminar cada vez más en función de la calidad macroeconómica de cada país y ahí nuestras perspectivas no son halagüeñas. No sólo tenemos que salir de la recesión, sino que no podemos permitirnos una salida lenta de la misma, porque en ese caso los costes de financiación de nuestra deuda seguirán aumentando y pueden convertir lo que hoy es un serio problema de déficit en uno de deuda acumulada.

Vale, España no es Grecia, pero los mantras nos han costado ya algún punto de PIB y miles de empleos. No sigamos repitiendo la nueva jaculatoria no vaya a ser que su efecto anestésico nos lleve a pensar que estamos a salvo de contingencias peores. Es el tiempo de acertar con las reformas y de acelerar su puesta en marcha.