Premio BBVA Fronteras del Conocimiento a Claudia Goldin

Claudia Goldin acaba de recibir el de la Fundación BBVA. En la entrega se reconoce a Goldin “por ser la pionera en el análisis económico de las causas de la brecha de género.” es profesora de Economía en la Universidad de Harvard, y una figura de altura en la profesión que ha realizado importantes contribuciones en las áreas de historia económica y economía laboral. He tenido el honor de asistir a varias de sus conferencias en el congreso anual de la American Economic Association, y preparando esta entrada, me he dado cuenta de que muchos de sus trabajos me han inspirado a lo largo de los años. No pretendo aquí resumir sus contribuciones a la disciplina, pero sí quiero dar unas pinceladas sobre algunos de sus artículos que han sido más influyentes para mí.

Quizá el primer artículo suyo que recuerdo haber leído es (2000), donde evalúan el impacto sobre la contratación de las orquestas sinfónicas de realizar audiciones “a ciegas” (sin poder ver al músico/a). Los resultados indican que esta práctica aumentó significativamente la contratación de mujeres. Este artículo estuvo en mi programa del curso de doctorado en economía laboral desde que empecé a enseñarlo en 2003, como un ejemplo de un método aparentemente efectivo de combatir la discriminación en el mercado de trabajo, en un contexto concreto.

Poco después, en 2002, se publicó su trabajo con Larry Katz sobre “”, que tuvo una gran influencia y generó toda una serie de estudios posteriores sobre el tema, y un debate que aún sigue vivo. En este trabajo se planteaba la hipótesis de que la píldora anticonceptiva, y en particular su acceso por parte de mujeres jóvenes y solteras, hizo que las nuevas generaciones de mujeres pudieran, gracias al control de su fecundidad, continuar sus estudios y retrasar la formación de una familia. Intentaron documentar estos efectos con datos históricos, y aprovechando que distintos estados en EEUU permitieron el acceso a la píldora sin permiso paterno en distintos momentos. Sus resultados, y los de estudios posteriores, han confirmado la importancia de los anticonceptivos orales al permitir a las mujeres un mejor control de la natalidad, aunque trabajos más recientes sugieren que el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo puede haber sido al menos tan importante como la píldora.

Pero seguramente el trabajo de Goldin que más me impresionó fue el que le vi presentar en Boston en Enero de 2006, “” En él sostiene que el aumento en la implicación de las mujeres en la economía fue “el cambio más significativo en los mercados de trabajo durante el siglo pasado”, y documenta las distintas fases de este proceso, que culmina en lo que llama la “revolución” que se inicia a finales de los años 70. A partir de entonces, las mujeres (o muchas mujeres) anticipan correctamente que permanecerán activas en el mercado de trabajo durante la mayor parte de su vida adulta, y empiezan a incorporar su carrera como un componente importante de su identidad. En paralelo, invierten cada vez más en su formación, y se casan cada vez más tarde. Creo que lo que más impresión me causó fue darme cuenta de la importancia de las expectativas. Para invertir en capital humano durante muchos años, es necesario estar convencido de que le vas a “sacar provecho” en el futuro. Hasta finales de los 70, la mayoría de las mujeres sabía o creía que dejaría de trabajar tras casarse y tener hijos. Y esta percepción, cada vez menos acertada, limitaba su acceso a profesiones que requerían de mucha preparación. Dando lugar a una especie de círculo vicioso, del que sólo las mujeres que nacieron a partir de finales de los años 40 del siglo pasado empezaron a salir.

Ese mismo año publicó también sobre el cambio de signo en la brecha de género en nivel educativo, en el que se documentaba con datos históricos para EEUU la tendencia reciente en muchos países a que las mujeres estudien en la universidad en mayor medida que los hombres, revirtiendo el patrón histórico. A mi entender, los determinantes de este cambio que parece persistente están todavía pendientes de resolver.

Creo que volví a verla presentar unos años más tarde el trabajo que luego se publicó , titulado “La gran convergencia de género: el último capítulo”. En este trabajo Goldin presentaba una hipótesis para explicar la persistencia de brechas de género en el mercado de trabajo, a pesar de los grandes avances experimentados en las últimas décadas. Su idea era que las mujeres demandan más flexibilidad en el horario laboral, y tienen menos tolerancia a jornadas largas y horarios prefijados, seguramente por razones relacionadas con sus responsabilidades familiares. Pero la flexibilidad es un “amenity” que se paga. Usando el modelo tradicional de “compensating differentials”, Goldin muestra que podemos estar en un equilibrio en el que las mujeres optan por trabajos más flexibles, menos exigentes en términos de dedicación, y peor pagados. Para salir de este equilibrio, propone tratar de extender esa flexibilidad a más profesiones.

Recuerdo que no me quedé del todo conforme con sus conclusiones en aquella charla, porque entendí que concluía que podemos resolver las brechas de género en el mercado de trabajo favoreciendo la flexibilidad para todos, y esto favorecería relativamente más a las mujeres dada su mayor demanda de flexibilidad. Pero su enfoque tomaba como dada la brecha de género en responsabilidades familiares. Otra forma de salir de este “equilibrio” sería intentar reducir esta última. Aumentar la participación masculina en las responsabilidades familiares reduciría la brecha en las preferencias por la flexibilidad horaria, y atajaría las brechas tanto en el hogar como en el mercado de trabajo. Me parece que intentar resolver una sin la otra siempre será un parche incompleto. El trabajo de Goldin ayudó a alimentar esta discusión en la profesión, y en otras ocasiones ella misma ha resaltado la importancia del cambio dentro del hogar y de la mayor implicación de los hombres en la familia.

Goldin continúa contribuyendo a avanzar el conocimiento en diferentes áreas, con énfasis en las brechas de género, y no sólo en el mercado de trabajo. Como ejemplo de ello esta entrada reciente en la que les hablé de su estudio con Adriana Lleras sobre los factores que pueden explicar la brecha de género en esperanza de vida. En , con motivo del 8 de Marzo, podemos verla hablando hace tan sólo unas semanas sobre la situación de las mujeres en la economía como disciplina, un tema del que también hemos hablado aquí hace poco.

Celebro la decisión de la Fundación BBVA, y espero con impaciencia leer los próximos estudios de la profesora Goldin.

Hay 1 comentarios
  • Gracias por revisar algunas contribuciones importantes de Claudia Goldin. Por cierto, lamento que sus contribuciones se ignoren cuando se practica la ingeniería social. Y también lamento que a veces se la presione para que actúe ad-hoc como ingeniera social (no tengo tiempo para revisar entrevistas a Claudia donde se le pregunta por soluciones a problemas específicos, o estudios donde se sacan conclusiones sobre políticas públicas a partir de sus contribuciones).

    Destaco que el poder de la píldora es un punto importantísimo: fue consecuencia de un cambio tecnológico para satisfacer una demanda y causó un cambio cultural. Ambos cambios nos recuerdan por qué los economistas académicos mejor dedican su tiempo a analizar cambios que toman largo tiempo en generarse y luego largo tiempo en generar consecuencias. Ojalá los fondos de investigación científica se destinen a estos temas.

    Y destaco que el shock de la entrada de las mujeres en la fuerza de trabajo (en parte consecuencia de las dos guerras mundiales) sigue teniendo consecuencias importantes. Consecuencias solo comparables a otro gran shock del siglo 20 como fue la entrada miles de millones a la economía global --como trabajadores y como consumidores-- que habían sido excluidos por regímenes políticos fracasados. En ambos casos, la fuerza de trabajo en la economía global se duplicó.

    Sobre la flexibilidad remito a

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