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La política en la economía académica

Ronald_Reagan_televised_address_from_the_Oval_Office,_outlining_plan_for_Tax_Reduction_Legislation_July_1981La economía es una ciencia. El lenguaje de la ciencia son las matemáticas. Ergo el lenguaje de la economía son las matemáticas. Puede que haya lectores de Drugevijesti a los que les moleste este silogismo y quizá eso convierta a esta entrada en tema de moda (o a lo mejor no 😉 ). Pero hoy no voy por ahí, sino que quiero dar noticia de un debate suscitado este año por un reputado economista acerca de la posible tendencia a ocultar objetivos políticos introduciendo algunos supuestos en los modelos matemáticos usados en economía.

El debate no lo ha originado ningún economista izquierdista de la New School, sino Paul Romer, un prestigioso profesor de New York University. En el congreso anual de la American Economic Association de enero de este año Romer presentó una ponencia titulada "Mathiness in the Theory of Economic Growth", luego publicada en los AER Papers and Proceedings. ("Mathiness" puede traducirse como "matesidad", malsonante pero literal, o como "matematicidad", que yo reservaría para el grado de uso de las matemáticas.)

Romer se queja, por ejemplo, de que actualmente:

Presentar un modelo es como hacer un truco de cartas. Todo el mundo sabe que habrá algo de prestidigitación. No hay ninguna intención de engañar, porque nadie se lo toma en serio. Quizá nuestras normas serán pronto como las de la magia profesional; será de mal gusto, tal vez incluso una violación ética, revelar cómo funciona el truco de alguien.

El autor nos recuerda que la teoría económica exige el uso de términos que tengan una relación clara con los símbolos empleados en los modelos matemáticos y con magnitudes observables (para que la teoría sea contrastable). Por ejemplo, Robert Solow en su artículo de 1956 relacionó el término "capital" de forma clara con la variable K del modelo matemático de crecimiento y con determinadas variables medidas en la contabilidad nacional. Lo mismo sucede con el concepto de capital humano inventado por Gary Becker. Para Romer esta regla se está rompiendo por razones de corte político.

Alega que la teoría del crecimiento económico está estancada porque existen dos campos cuyo desacuerdo no se ha podido resolver mediante el método científico. Según Romer la clave radica en cómo captar teóricamente (modelizar) los llamados efectos de escala generados cuando se descubre una nueva tecnología (sujeta a "no rivalidad"). Por ejemplo, en 1970 no existía ningún teléfono móvil y en 2015 hay 6.000 millones, lo que crea un excedente que crece mucho más que proporcionalmente con el número de consumidores.

En este debate, la posición tradicional ha sido suponer que en los mercados hay competencia perfecta (las empresas toman los precios de sus productos como dados) y rendimientos crecientes externos (no pregunten, como diría Paul Krugman). En el campo contrario están quienes piensan que para explicar el crecimiento económico se necesita considerar la existencia de competencia monopolística, de forma que las empresas tienen cierto poder de mercado y fijan los precios de sus productos añadiendo un margen sobre el coste marginal de producción.

Romer acusa a los tradicionalistas de seguir defendiendo su posición mediante modelos en los que se oscurece la relación entre los términos, los símbolos que los representan en los modelos y su contrapartida empírica, principalmente para poder seguir defendiendo el supuesto de competencia perfecta. ¿Por qué? Quizá porque aceptar que no hay competencia perfecta podría dar apoyo a intervenciones del Gobierno en la economía (así interpreta Brad DeLong la crítica de Romer a George Stigler).

En efecto, aunque existe toda un área, denominada Economía Industrial o Industrial Organization, que estudia los mercados con competencia imperfecta, y estimaciones hace ya muchos años de los márgenes de precios sobre los costes –como un artículo clásico de Robert Hall de 1988–, en la mayoría de los modelos macroeconómicos (¿aún?) hay competencia perfecta. (Por otra parte, en los modelos neokeynesianos siempre suele haber competencia imperfecta.)

El impacto del artículo de Romer se basa en buena medida en que ataca directamente a un artículo de Ellen McGrattan y Edward Prescott y otro artículo de Robert Lucas y Benjamin Noll, siendo Lucas uno de los más respetados en nuestra profesión. Romer explica el error en una demostración de su artículo del que advirtió a Lucas y a Moll, que los autores ignoraron. (También reproduce un intercambio en con Luis Garicano en el que este defiende a Lucas, quien por cierto dirigió la tesis doctoral de Romer en la Universidad de Chicago). Otro ejemplo de "mathiness" lo encuentra Romer en un artículo de Michele Boldrin y David Levine.

Un ejemplo final es un desliz en la teoría que aparece en un trabajo reciente de Thomas Piketty y Gabriel Zucman en que estos economistas

... presentan sus datos y su análisis empírico con admirable claridad y precisión. Al presentar la teoría con menos detalle puede que hayan respondido a las expectativas del nuevo equilibrio actual: el trabajo empírico es ciencia, la teoría es diversión.

El argumento final es que hacer política con el trabajo académico ("academic politics") conduce a que nadie se tome en serio la teoría, con su consiguiente devaluación.[i]

Un aspecto valioso de la crítica de Romer es que no solo hace afirmaciones generales sino que discute casos concretos en detalle. Por lo que sé, ninguno de los principales aludidos le ha respondido. Soy incapaz de evaluar si Romer tiene razón en los detalles, pero creo que hay un germen de verdad en lo que señala. No den mucho peso a la opinión de un externo a la disciplina, pero sigo la macroeconomía como aficionado y pienso que actualmente muestra, mucho más que el resto de áreas de la economía académica, unas discrepancias importantes que no parecen ser resolubles con un consenso más o menos general apelando a la evidencia empírica y sospecho que hay ideología en el trasfondo.

Pienso que esta falta de acuerdo se debe en parte a que la metodología tradicional para contrastar empíricamente los modelos macro (que son mayoritariamente modelos de equilibrio general dinámico, DSGE) no es muy exigente. Se toman de fuentes externas los valores de algunos parámetros del modelo (de preferencias, de la tecnología y de las perturbaciones), se decide qué variables se toman como exógenas y se examina el comportamiento de los momentos (estadísticos) de las variables endógenas para ver si se parecen a los momentos de las variables observadas. En este procedimiento (que yo mismo he aplicado con varios coautores aquí) hay normalmente demasiados grados de libertad y al final no es fácil poder afirmar que un modelo ha sido rechazado. Imagino que los métodos están cambiando, pero esto es lo que suelo ver en los seminarios de macro.

Romer cita a un economista académico, Paul Pfleiderer, que alega que existe algo parecido a lo que él señala en las finanzas empresariales y la economía bancaria. Así que harán bien en descontar las cosas que escribo sobre economía laboral. En cualquier caso, les animo a sumergirse en este interesante debate.

 

Nota: Estoy de viaje, así que solo podré responder a los comentarios de vez en cuando.


 

[i] Por cierto, Romer también critica a Solow por haber dado una respuesta sarcástica y acientífica a los primeros artículos de Lucas y Thomas Sargent criticando el (lamentable) estado de la macroeconomía a finales de los años 70, respuesta que según él contribuyó al descarrilamiento de la macro.