Los clubs del clima (por si Trump se cae del caballo climático como Rajoy)

Sé que hay mucha gente que está deprimida porque el nuevo presidente de Estados Unidos es Donald Trump. Y una razón no menor para ello es que. Yo no sería tan pesimista. Mariano Rajoy pasó de ser escéptico porque se lo decía su primo físico a pensar que el cambio climático es ". Pero lo mejor de todo es que cuando se le confrontó con esta contradicción nuestro presidente dijo: “Cuando uno se equivoca lo mejor es rectificar y yo he rectificado muchas veces en la vida porque me equivoco a menudo, aunque es mejor que me equivoque cuantas menos veces mejor", algo que para mí le honra (aunque las recientes nos hacen dudar de esa conversión). Por tanto, hoy vamos a pensar en qué podría hacer Donald Trump cuando se caiga del caballo en el camino a Damasco y siga el liderazgo que han ido abriendo otros próceres antes que él. El resumen ejecutivo es que para luchar contra el cambio climático hay que castigar a los que no hagan nada, y el comercio internacional es una buena herramienta para hacerlo.

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La última vez que les hablé de este asunto, les decía que el acuerdo de París iba a ser inútil porque nacía sin dientes. Es decir, los países se “comprometen” a una reducción de emisiones, pero si no lo hacen no pasa nada. Y como les comentaba, la evidencia experimental que tenemos sobre las consecuencias de esa política son abrumadoras. El voluntarismo está muy bien, y el “homo sapiens” es más generoso, mucho más generoso, que el “homo oeconomicus”. Pero el “homo sapiens” tampoco es tonto, y aunque comienza contribuyendo, cuando observa que los otros se aprovechan, coge el cesto de las chufas y dice que si los demás no contribuyen él no va a ser el tonto del pueblo. Mi conclusión era que un buen acuerdo climático tiene que nacer con un palo además de una zanahoria, algo que Pedro Rey también nos ha demostrado hace tiempo.

Y pensando en este problema he encontrado un artículo de uno de los líderes intelectuales, entre los economistas, del pensamiento sobre el cambio climático, . El artículo se llama, come esta entrada “”.

El artículo está muy bien y recomiendo que lo lean porque no requiere un conocimiento técnico muy detallado (cualquier estudiante de primero de economía, y ciertamente cualquier lector inteligente debería poder seguirlo) pero se toma en serio tanto la teoría como los datos sobre el problema. Pero como entiendo que no todo el mundo puede dedicarle una hora y media a este asunto voy a intentar resumírselo.

El principio del argumento será familiar para nuestros lectores. La contribución voluntaria a los bienes públicos sufre del problema del “gorrón” o “free-rider”. Si yo contribuyo (en este caso la “contribución” es el esfuerzo de disminuir las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero), se beneficia toda la comunidad, pero el retorno directo para mí de la inversión es muy pequeño. Por tanto, es una estrategia dominante, si uno es egoísta no contribuir. Es verdad que la contribución puede ser mayor si uno no es egoísta, pero la mayor parte de los humanos son altruistas recíprocos, y cuando ven a otros no contribuir, ellos mismo dejan de hacerlo. Nordhaus comienza su artículo con un modelo simple, de libro de texto, que hace bien claro este problema, y muestra que para un entorno estilizado con parámetros realistas la cosa es bien seria.

El siguiente paso que da es desmontar una “solución” estándar en teoría de juegos. Cuando una interacción estratégica es repetida un mal equilibrio, como aquel al que nos enfrentamos en el mundo estático del párrafo anterior, puede evitarse bajo la amenaza de volver a ese equilibrio. Es decir, o nos portamos todos bien y reducimos emisiones, o volvemos todos al infierno, en este caso literal de aumentos de temperatura de cinco o seis grados globalmente. Frente a una amenaza así, hasta el “homo oeconomicus” claudica (Anxo Sánchez nos contó algo sobre este tema hace un tiempo). Aunque esta solución es teóricamente posible, en un contexto con muchos países, es demasiado vulnerable a acuerdos parciales entre varios de ellos. En un sentido bien preciso, no es estable frente a desviaciones de “coaliciones”. Quizá más importante, desde el punto de vista de la conducta humana, los castigos son difíciles de implementar porque no solo duelen al castigado, sino al castigador. Y cuando “” es fácil que no pase, o un grupo intentará buscar una salida menos dolorosa. Al final, Nordhaus muestra que las coaliciones estables tienden a ser pequeñas y reducen poco el problema. De hecho, volviendo a eventos recientes, el efecto Trump (o el gran free rider) ya está funcionando para mal, y la cumbre de Marrakech está pasando sin pena ni gloria, después de la para mí injustificada euforia de París.

Y esto es lo que hace a Nordhaus proponer una solución que sea estable a corto plazo. Les recuerdo que la última vez que escribí de este tema, mi propuesta era que los países firmantes depositaran bonos soberanos en una institución multilateral, y si no cumplían sus compromisos, el bono se quedaba en manos de terceros que lo podían cobrar. En aquel momento les conté que un amigo jurista me decía que mi propuesta “requiere crear una serie de instituciones nuevas y probablemente subestimo la dificultad y el coste de hacerlo. Y me sugiere como alternativa vincular el acuerdo a los tratados ya existentes de libre comercio, de manera que se puedan subir los aranceles a los países no cumplidores.” Pues bien, la propuesta de Nordhaus es muy parecida a la de mi amigo. Los países crean clubs. Los que participan en el club se benefician de aranceles menores, pero tienen que comprometerse a unos objetivos de reducción de emisiones suficientes. Los que se quedan fuera, o los que entran pero no cumplen, tienen aranceles superiores.

La ventaja de este sistema es que el que no cumple sufre un castigo que es más creíble porque el que está dentro se beneficia del castigo. Y como Nordhaus se toma los datos en serio, lleva esta idea a un modelo simulado, con parámetros tomados de modelos de clima, e investiga cuáles son los clubs de clima estables para distintos objetivos de reducción de emisiones. En el modelo divida el mundo en 15 regiones, inicia las simulaciones con grupos aleatorios de regiones participantes en cada club del clima, y genera aleatoriamente nuevas posibles coaliciones en las que algunos países dejan y otros entran en las coaliciones. Si las nuevas coaliciones son mejores para los participantes, estas se forman, y si no, se mantiene el estatus quo. El proceso se para cuando se llega a un ciclo, o cuando no se pueden mejorar las coaliciones anteriores. Aunque el proceso no tiene por qué parar, de hecho una gran mayoría de las simulaciones converge. Como les decía, una clave del interés del modelo es que los costes y beneficios están simulados con parámetros realistas de otros modelos económicos y climáticos.

El gráfico siguiente les muestra los participantes en las coaliciones estables. Cada grupo de barras representa un objetivos de precio de CO2 y por tanto disminución de emisiones, cuanto mayor es la disminución de emisiones, mayor es el precio del CO2, desde 12.5 dólares por tonelada a 100, que es el rango necesario según distintos modelos de cambio climático. Dentro de cada grupo se pueden ver los participantes para distintos niveles de aranceles (castigo) a las regiones no participantes en el club del clima global, desde un 0% a un 10% en intervalos de uno por ciento. Como pueden ver para un 0% de castigo, no participa nadie, con independencia del objetivo. Según el objetivo se hace más exigente, es necesario tener castigos más grandes para conseguir participación. Con el objetivo más exigente de todos es muy difícil conseguir participación, de manera que el instrumento tiene límites, y como veremos no consigue casi nunca el objetivo deseado.

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El siguiente gráfico muestra el objetivo realmente conseguido, para cada objetivo deseado, dado el nivel del instrumento (el arancel). Como pueden comprobar, el objetivo deseado del 50$ es el que parece más robusto, porque se puede conseguir con más variedad de aranceles.

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Lógicamente esto no es más que una simulación, y está realizada bajo el supuesto de que los que se quedan fuera de los clubs no se “vengan” poniendo a su vez aranceles a los de dentro de los clubs. Como decía mi amigo que anticipó la propuesta de Nordhaus en mi entrada anterior “esto también tiene costes, por la posibilidad de una espiral de subidas de aranceles como consecuencia del castigo inicial.” Así que tal vez no sea la solución definitiva, pero es un comienzo, y no tenemos mucho tiempo, así que si alguien tiene algo mejor, que nos lo cuente, por favor.

Hay 10 comentarios
  • Interesantísimo artículo...pero no lo veo. Desde el comienzo de la lectura llevo pensando, ¿y si el otro país responde también con aranceles? No sé qué probabilidades hay de que eso suceda pero, teniendo en cuenta la oleada populista que nos inunda, está el patio como para dar excusas a los demagogos. Sin provocación ya proponen proteccionismo, con provocación se vuelven locos. A Nordhaus, estudioso del political business cycle, no debiera sorprenderle.

    Aunque visto en perspectiva, una guerra arancelaria reduciría el crecimiento mundial y eso conllevaría menos consumo energético así que, tal vez, a la postre sea una pequeña solución. Era ironía.

    Mi impresión es que, en general, los votantes no son conscientes de este problema. Vale, lo oyen en los medios de comunicación todos los días, pero no asumen que se van a producir cambios, ni interiorizan los costes. Así es imposible un debate y sin debate, somos víctimas de los demagogos. No soy muy optimista.

    Gracias por la entrada.

    • Me temo que tienes razón. Como digo al final de la entrada, una debilidad de la propuesta es que supone que los países que reciben el arancel no se "vengan".

      • Pensando un poco más, conviene recordar algo de lo que se están dando cuenta los británicos ahora. Si eres un solo país negociando con un grupo grande tu amenaza de represalia pesa poco en el resto, mientras que su castigo es mucho más serio para ti. Por tanto, sospecho que algo importante es conseguir a un buen núcleo inicial de países para empezar.

  • Muy interesante.
    Supongo que algo se pueda aprender de las sanciones a países por motivos políticos/militares (Irán, Libia, Cuba...). Por lo que sé la evidencia es que las sanciones comerciales sobre Irán tuvieron un efecto reducido, si bien es cierto que fueron unilaterales. En el caso de Libia las sanciones fueron más efectivas pero no sé si porque la coyuntura era menos favorable (no hay peor sanción que sufrir a un dictador como Gaddafi).
    El problema que yo veo no es tanto una guerra arancelaria como que la tentación de terceros países a comerciar con países que son objeto de sanciones es mayor (uno piensa en Francia con Irán e Iraq). Deberíamos expulsar a esos países? O ceder la política arancelaria a una entidad supranacional (al club)? Es realmente difícil pensar que en un entorno global de creciente nacionalismo y populismo estas propuestas sean realizables.

    • Gracias. Una diferencia notable con las sanciones, es que las sanciones perjudican tambien las que las impone. Un arancel puede beneficiar, en cantidades moderadas como las que contempla Nordhaus, basado en estimaciones de Ossa, al que las impone.

  • Muy interesante. Solo tengo una puntualización. Nadal no es ministro de Industria, sino de "Energía,Turismo y Agenda Digital", que no depende de "Economía, Industria y Competitividad". Esa ya es de por sí una declaración de intenciones.

  • Pues me gusta más la opción de los bonos. En cuanto a las instituciones, al final el problema es idéntico, los clubes tendrían que sustanciarse sobre instituciones jurídicas de nueva creación. La ventaja de la deuda es que el castigo es económico y directo, y conlleva un problema político para los gobiernos que sufran el castigo frente a sus electores. Los problemas, los obvios: países que no acepten el depósito de su deuda, países que impaguen, países sin instituciones fuertes o no democráticos...
    Y, en cualquier caso, cualquier solución sin contar con alguno de los grandes emisores está condenada de antemano. Es decir, que si Trump no se cae del caballo no hay solución posible (al menos en otros 4 años).

  • Me llama la atención el enfoque "país": no contaminan los países (aunque se junten en París), contaminan los individuos que consumen. Así, cuando yo compro una muñeca de plástico fabricada en China, quien emite CO2 soy yo y no China.

    Y no veo tan claro que exista un problema de "free rider": si un pais usa un esquema de impuestos pigouviano para reducir emisiones y esa recaudación se emplea, por ejemplo, en reducir el impuesto de sociedades o las contribuciones sociales, no hay, necesariamente, reducción de la competitividad y solo debería producirse un incremento relativo de las "actividades limpias" (las que pagan menos en el nuevo impuesto de lo que se ahorran en las reducciones). Y aunque el calentamiento global sea un problema "global" la contaminación es un problema bien local (como sabían en Pittsburg a mediados de siglos, en Baoding hoy y en Madrid cuando no llueve) así que eso que se lleva puesto el país que reduce.

    Se podría introducir un esquema de aranceles que "complemente" el "impuesto pigouviano" en origen. El esquema no estaría exento de conflicto pero las discusiones serían más "objetivables" que, por ejemplo, en los casos actuales de acusaciones de "dumping" o en el de sanciones impuestas por decisiones razonablemente arbitrarias de "consejos de notables" (que funcionarían, probablemente, como las sanciones por déficit excesivos de la zona euro).

    • Sería interesante disponer de un ranking de las emisiones asociadas a lo que los países (sus ciudadanos) consumen y no a lo que producen. La medida de su consumo es mejor reflejo de su "contribución" al problema del calentamiento global y, a lo mejor, nos llevábamos alguna sorpresa.

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