Monografía FEDEA (III): España y la desigualdad de oportunidades

De Gustavo Marrero y Juan Gabriel Rodríguez

En esta entrada Gustavo y Juan Gabriel nos van a mostrar primero que España es uno de los países con mayor desigualdad de oportunidades de Europa. Esto es un grave problema incluso si no tenemos una preferencia por la equidad social. La evidencia no es clara respecto al efecto de la igualdad en el crecimiento, pero es mucho más clara respecto a la asociación entre igualdad de oportunidades y crecimiento. Finalmente nos van a explicar algunas posibles explicaciones para esta falta de igualdad de oportunidades.

En este capítulo de la Monografía sobre Talento y Movilidad queríamos abordar un aspecto relevante y poco tratado de la economía española: ¿cuál es el grado de desigualdad de oportunidades (DO) que existe en España en comparación con los países de Europa?, ¿Cuáles son sus causas? Para ello, introducimos el concepto de DO y lo medimos para España, así como para un conjunto amplio de países europeos (22 en total), usando una base de datos homogénea (la EU-SILC). Tras ello, ponemos de relieve la importancia que tiene distinguir entre desigualdad y DO, no sólo por su incidencia sobre la equidad, sino también por su efecto sobre el crecimiento. Finalmente, tras argumentar las posibilidades que están detrás de la elevada DO en España, discutimos como las reformas que España tiene pendiente podría, además, ayudar a reducir la DO, mejorar la justicia social e impulsar el crecimiento.

La literatura sobre desigualdad (o igualdad) de oportunidades enfatiza que la renta de los individuos es función de dos tipos de factores. El primer factor es el esfuerzo, por ejemplo el tiempo dedicado al trabajo, formación adquirida, elección de ocupación, etc. El segundo factor viene dado por el origen socio-económico del individuo (por ejemplo, la educación y ocupación de los padres), la raza, el sexo, el lugar de nacimiento, etc. Estos últimos son factores que se escapan al control individual son conocidos como circunstancias. Usando terminología de la programación dinámica, los primeros factores podrían verse como variables de control y los segundos como variables de estado. Por tanto, el nivel de desigualdad de un país obedece a un conjunto de circunstancias dispares (DO) y a un esfuerzo individual desigual (componente denominado habitualmente como desigualdad de esfuerzo).

Existen muchas bases de datos para estimar la desigualdad total, sin embargo, hay pocas bases de datos que permitan estimar la DO, puesto que medir ésta requiere micro bases de datos con información sobre la renta salarial y de capital y, además, sobre el estatus socioeconómico de los padres, la raza y demás circunstancias. A ello hay que sumarle que las comparaciones (en el tiempo o entre países) han de hacerse con bases de datos homogéneas, lo que limita aun más las bases de datos disponibles. Por eso existen pocos estudios empíricos que comparan la DO para un conjunto amplio de países. Como excepción, en este trabajo se utiliza el corte transversal de 2005 de la base de datos EU-SILC, y empleamos criterios y procedimientos de estimación comunes para de esta forma situar a España en el contexto Europeo en relación a la DO.
En primer lugar, estimamos la desigualdad total y entre los 22 países europeos considerados España muestra la sexta mayor desigualdad, aunque con un valor cercano a la media. Los datos de Eurostat señalan esto mismo y también que ha habido un proceso de convergencia de la desigualdad agregada española a la media europea. Manteniendo el orden (de menor a mayor) para la desigualdad total, el siguiente gráfico muestra los resultados para la DO. En general (si sustituimos Bélgica por Hungría), los países de alta y baja DO se asemejan a los de alta y baja desigualdad agregada, respectivamente, solo que ahora la situación de España empeora claramente: es la que presenta el tercer índice de DO más alto, sólo superado por Portugal y Lituania, y su valor está muy alejado de la media. Así, para España, los resultados son decepcionantes.

Desigualdad de Oportunidades en la Unión Europea (2005)

Visto lo anterior, podemos preguntarnos ¿por qué es importante hacer la distinción entre la DO y la desigualdad total? Por un lado, la literatura ha justificado el interés en reducir la DO, y no tanto la desigualdad agregada, por ser el primero el concepto de justicia social apropiado. Así, se enfatiza que la consecución de la justicia social no es equivalente a reducir la desigualdad. En realidad, debería ser equivalente a igualar las oportunidades de los individuos. Una vez que las oportunidades estén igualadas, la justicia social no entra en conflicto con que los individuos compitan por diferencias de salario y renta, siempre y cuando estas provengan del esfuerzo personal.

Por otro lado, una menor DO puede generar crecimiento. Existe una cantidad monumental de trabajos (tanto teóricos, como empíricos) que tratan de estudiar la incidencia sobre el crecimiento económico de la desigualdad. Así, nos encontramos con 9,190 entradas de “inequality and growth” en el Google académico, desde Benabou (1996), pasando por Barro (2000) o Acemoglu (2000), hasta un tal Marrero y Rodríguez (2010)! Entre todos estos trabajos, existen los que argumentan que la desigualdad favorece al crecimiento y también los que dicen lo contrario o que la desigualdad es buena en unos casos o para un tipo de países y mala en otros casos o para otro tipo de países. Pero entender correctamente la incidencia de la desigualdad sobre el crecimiento es crucial para el correcto diseño de políticas públicas. Al respecto, los trabajos recientes del World Bank (2006), Bourguignon et al., (2007) y Marrero y Rodríguez (2010) han ofrecido argumentos teóricos y evidencia empírica sobre el signo opuesto del efecto que tienen sobre el crecimiento la desigualdad de oportunidades y la desigualdad de esfuerzo. La desigualdad de renta entre aquellos que ejercen un distinto esfuerzo alimenta la eficiencia y, por tanto, el crecimiento, al incentivar a los individuos a invertir en educación y en esfuerzo. Por el contrario, la DO perjudica la consecución de eficiencia en una economía, puesto que favorece la acumulación de capital (humano y privado) por parte de aquellos con un mejor origen social, el cual no tiene porqué coincidir con aquellos que poseen un mayor talento, sean los más productivos o se esfuerzan en mayor medida. De esta forma, la relación entre desigualdad total y crecimiento tendrá un signo positivo o negativo dependiendo de qué componente de la desigualdad (de oportunidades o de esfuerzo) predomine.

Por lo anterior, una política redistributiva que vaya dirigida a reducir la DO favorecería no solo una mayor justicia social sino que al mismo tiempo permitiría alcanzar mayores tasas de crecimiento futuras. El problema de elección se daría con aquellas políticas que reducen la desigualdad de esfuerzo, ya que su efecto sobre el crecimiento futuro sería negativo, mientras que su efecto sobre la justicia social no queda del todo claro. Con el objeto de abundar más en las políticas públicas que podrían adoptarse, el trabajo estima el grado de correlación entre la DO y variables relacionadas con el funcionamiento del mercado laboral, los gastos sociales y la educación. Aunque somos conscientes de la limitación del análisis, merece la pena mencionar algunas posibles implicaciones de los resultados.

En primer lugar, destacan por encima de las demás la incidencia de las políticas educativas. En particular, la reducción del fracaso escolar (retiro prematuro de los jóvenes del sistema educativo) constituye una herramienta fundamental para reducir la DO en España. Alcanzar mayores niveles de educación secundaria también ayudaría a reducir los índices de DO. Por su parte, la educación terciaria parece no tener efectos muy significativos sobre la DO, aunque sí puede que la tenga para aumentar la desigualdad de esfuerzo. Por tanto, la reforma del sistema educativo es fundamental. Esta debería, por un lado, premiar el talento y el mérito de los estudiantes para incentivar así que estos se esfuercen más y mejor, lo que aumentaría la desigualdad de esfuerzo y al mismo tiempo el crecimiento futuro de nuestra economía. Por otro lado, dicha política educativa debería ir encaminada a reducir las elevadas tasas de fracaso escolar en España que causan peores oportunidades entre los estudiantes y por ende un menor crecimiento futuro.

Sobre el mercado laboral también encontramos aspectos concretos que pueden afectar a la DO. Por ejemplo, aumentos en la tasa de empleo de las mujeres, reducciones del desempleo de larga duración y aumentos del diferencial entre los más y menos educados resultaría beneficioso para reducir la DO. Una reforma del mercado laboral que redujese las dicotomías existentes entre los distintos sectores poblacionales, favorecería no sólo a la justicia social sino también al crecimiento. Por último, los resultados señalan que no todas las partidas de gastos sociales tienen el mismo efecto sobre la DO. En particular, las partidas de gasto relacionadas con el cuidado de los niños, la exclusión social y de sanidad son las partidas de gasto que mayor incidencia tienen para reducir el nivel de DO.

Creemos que las aclamadas reformas del mercado laboral y de la educación que tiene pendiente España (junto con las reformas de la estructura de ingresos y gastos públicos) deberían tener en cuenta lo descrito en este artículo. De no hacerlo, corremos el riesgo de perder una nueva oportunidad de evitar la confrontación entre igualdad, incentivos y crecimiento y así ser capaces de crecer con justicia.

Hay 1 comentarios
  • Hola, Antonio.

    Gracias por traer el artículo de G. Marrero y de JG Rodríguez. Ya ves. Hasta Mourinho se queja de la desigualdad de oportunidades. Debe ser cosa importante.
    He leído el artículo con interés y quiero dejar algunos comentarios que aunque puedan parecer críticos sólo aspiran a reforzar el contenido del mismo y su mensaje central.

    Voy a intentar explicar algo que los autores tratan de modo implícito al principio del artículo: ¿Por qué la igualdad de oportunidades es buena y la desigualdad total (DT) también lo es?
    En primer lugar, la igualdad de oportunidades es lo que te proporciona el primer incentivo para intentar algo: que veas que el éxito puede ser posible. Si ves que otros están mucho mejor posicionados que tú y que tus posibilidades son nulas o risibles, la mayor parte de nosotros renunciamos antes de empezar y nos dedicamos a otra cosa.

    Lo contrario sucede con las desigualdades en términos absolutos. Poca gente se atreve a decirlo porque desde hace tiempo lo de "ser iguales" ha ascendido al rango de mantra sacralizado por la ONU --y antes por la constitución USA-- a pesar de su evidentísima falsedad que se confunde con el legítimo deseo de tener iguales derechos y oportunidades.

    También los textos económicos son pudorosos al hablar de las ventajas de las desigualdades.
    De hecho hay que llegar al capítulo 8 del libro 1 de "...la Riqueza..." de Adam Smith para verlo con nitidez cuando habla de las diferencias en poder negociador de trabajadores y empresarios y nos recuerda que los primeros necesitan trabajar bastante antes que los empresarios contratarles.
    La conclusión inmediata y bienpensante es que esa situación es injusta y hemos de corregirla. No digo que no.
    Sin embargo el corolario de esa afirmación, nos recuerda Garrison, es que en una sociedad en la cual ambos grupos (trabajadores y empresarios) estuviesen en igualdad de condiciones, en lo referente a poder de resistencia y negociación, la pregunta sería ¿por qué trabajar para otro?
    Una buena pregunta que da lugar a otras muchas. Por ejemplo: ¿Por qué no trabajar para uno mismo, solo o en grupo? Estas preguntas, bien pensadas, ayudan a entender mucho de la testaruda realidad.

    Siempre hay más cera de la que arde y en el fondo necesitamos el “gradiente” para que haya actividad. Cuando no hay diferencias tampoco hay movimiento. Es la paz perpetua.
    Estos conceptos vienen referidos a la educación pero son aplicables a otros aspectos de la actividad económica mucho más importantes para nuestro dinamismo.
    Concretamente la actividad empresarial requiere igualdad de oportunidades y una altísima motivación. Estructuralmente el sistema no proporciona ni una ni la otra y este dato relevante debiera recibir al menos la misma atención que la educación.
    De hecho la educación es importante sólo para la parte alta de la población si leemos detenidamente los informes del MIT sobre la oferta de empleo en USA (traído ayer por DFC) y lo que se observa en nuestro país.
    Los trabajos de menor remuneración, la abumadora mayoría del empleo que se viene creando en occidente, tiene mínimo contenido intelectual, escasa habilidad artesana y su ejecución es dirigida y crecientemente realizada por un programa informático.

    Y, last but not least, un tema que se repite.
    A lo largo del siglo XX se ha desarrollado la costumbre de referirnos a conceptos centrales como si fueran tan compartidos que no hiciese falta definirlos. Es lo que repetidamente sucede cuando se habla de “justicia” y de “justicia social”. Sería bueno definirla para saber de qué estamos hablando. No sea que un concepto mal definido sea la causa de externalidades funestas e imprevisibles.

    Saludos.

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