Empleo juvenil: viejos problemas, nuevo escenario

Haciendo un repaso de lo que publicamos en la última década en Drugevijesti sobre problemas de empleo juvenil o de transición entre la escuela y el mercado de trabajo, encontramos más de una veintena de entradas. Estas entradas se pueden clasificar en tres tipos: los hechos estilizados, especialmente el impacto de la crisis (por ejemplo, 12610, 11, 17, 1820 y 22), los factores causantes de los problemas de empleo juvenil y propuestas para aliviarlos  (4 , 59, 13, 14 y 15), y las valoraciones del impacto de las reformas laborales y los planes de políticas activas (3, 789, 12, 15, 16, 19).

La mayoría de estas entradas servirían perfectamente para valorar el diagnóstico, las causas y/o las medidas propuestas en el  aprobado en Consejo de Ministros el pasado viernes: 50 medidas de políticas activas que supondrían unos 2000 millones de euros (todo muy redondo) durante estos tres años. No me centraré en ninguno de estos aspectos del plan, sino que en algunas sensaciones que me deja su lectura.

Aunque no se mencione ni una vez en las 76 páginas que ocupa el texto en el BOE (ni tan siquiera en la sección 2 titulada “Antecedentes y Situación de Partida”), no se trata del primer Plan de Empleo Juvenil. Sin ir más lejos, el Gobierno anterior también portó el estandarte del Empleo Juvenil con su  (EEEJ) que, inicialmente contaría con 1800 millones de euros y proponía hasta 100 medidas.

Según los responsables del Ministerio de entonces, esta estrategia tuvo un balance muy positivo ( ), por ello, se renovó para el período 2017-2020. La última noticia acerca de la EEEJ (abril del 2018) fue que desde 2013, había dado oportunidades de empleo o formación a más de 2,5 millones de jóvenes. La EEEJ habría permitido además impulsar el Sistema de , al que se habrían inscrito 1.100.000 jóvenes, de los cuales un 43% habría encontrado un empleo ()

El hecho es que, tal como suele ser demasiado habitual en nuestro país, no se conoce ninguna evaluación rigurosa (con criterios científicos mínimamente aceptables) del impacto global de este Plan, ni de cuantas, ni cuales de las 100 medidas han llegado a ser efectivas. Así, podemos quedarnos con las afirmaciones ministeriales, o simplemente, dudar que estas medidas fueran realmente eficaces, al menos hasta que tengamos una evidencia empírica consistente.

De hecho, apenas existe un acercamiento a la evaluación de la Garantía Juvenil llevado a cabo por el (TCE), que incluyó a España y a otros 5 países, y sus conclusiones no parecen ser tan optimista (véase esta entrada al respecto de Marcel Jansen)

Y ahí va mi primera sensación acerca del nuevo Plan: el hecho es que el escaso detalle que se da de la evaluación que se hará de él, parece reproducir las buenas intenciones sobre evaluación y seguimiento de otros planes similares, sin llegar a concretarse. Por lo que dada la experiencia, no cabe esperar mejoras en este sentido  y esto es desmotivador.

Por otra parte, el informe del TCE recomienda para “iniciativas futuras en el área del empleo, que los Estados Miembros o la Comisión, o bien, dirijan las expectativas que pueden generar estos planes fijando objetivos y metas realistas y alcanzables, o al menos realicen una evaluación previa de las brechas que pretende reducir y un análisis riguroso de los mercados de trabajo en el que pretenden intervenir".

En este sentido, este Plan de Choque presenta un análisis descriptivo del mercado de trabajo juvenil y es efectivamente más preciso que los anteriores, al avanzar los resultados que pretende lograr en materia de empleo y de formación.

Así, durante el período 2019-2020, pretende reducir la tasa de paro juvenil hasta el 23.5% (165 mil parados de < 25 años menos); incrementar la tasa de actividad hasta el 73.5% (20-29 años), aumentando en al menos 1 punto la tasa de hombres y en al menos 3 puntos la de las mujeres); reducir en un 20% la brecha entre hombres y mujeres en la tasa de paro e incrementar cada año un 15% el numero de contrataciones indefinidas (2,9 millones de contrataciones).

Además, también fija objetivos muy definidos en materia formativa, sobre el número de jóvenes que se formarán en competencias clave en Lengua y Matemáticas, en competencias lingüísticas, digitales y  de sectores estratégicos.

¿Ahora bien, son los resultados esperados verdaderamente realistas? Un simple análisis de la evolución reciente del mercado de trabajo juvenil, y de las expectativas, esencialmente, las demográficas, del próximo trienio me hace sospechar que nos encontraremos con dificultades para llegar a cumplir estos objetivos.

La mayoría de los indicadores de empleo y formación de los jóvenes han venido marcados desde el inicio de la crisis por una caída continua de la población juvenil, especialmente de los jóvenes de 18 a 24 años (un 18% desde el primer trimestre de 2007) y de 25 a 29 años (un 32.5%). Sin embargo, precisamente a lo largo de los próximos años, se tiene que producir un cambio en esta tendencia. Así, por ejemplo, el número de jóvenes en torno a los 20 años, comienza a crecer superando por primera vez en muchos años a la población en torno a los 24 años en el 2020, con menores tasas de paro y mayores tasas de actividad laboral. Además, desde el inicio de la crisis, hasta el momento, la tasa de actividad de los varones y, especialmente, la de las mujeres de 18 a 24 años no han cesado de caer y ya son 26 y 28 pp, respectivamente, inferiores a los de 25-29 años.

Uno de los hechos que dejaba en claro la evaluación de TCE es que la disminución del número de NEET (NINIs) tenía mucho que ver con la caída de la población. En España se produjo una caída muy notable de la tasa de abandono escolar, que continuó durante todo el período expansivo. El número de jóvenes que abandonaron la escuela de forma temprana (18 a 24 años que no estudian, ni se forman, no habiendo superado el nivel educativo equivalente a la ESO) se redujo a la mitad. Aún así, cerca de 580 mil jóvenes de la última cohorte abandonaron los estudios de forma temprana. Cerca de la mitad de los cuales (el 6.95%) no tiene ni el título de la ESO o equivalente.

Un hecho que ocurrió durante esta fase expansiva es que el número de NINIs coincide en número con el de los que han abandonado la escuela de forma temprana. No obstante, en los últimos trimestres, estos hechos parecen estar cambiando.  En efecto, lo preocupante es que ambos indicadores vuelven a diferir, al detenerse la caída del abandono escolar, y volviendo a repuntar, de momento levemente.

La caída de la población y, por lo tanto, del abandono escolar, tuvo efectos diferentes en la distribución de los jóvenes por nivel educativo. Así, se redujo sustancialmente los jóvenes con nivel educativo equivalente a la ESO, o a niveles inferiores, aunque el frenazo de la caída del abandono escolar también cortó la reducción del número de los jóvenes que sólo han estudiado la ESO, en los últimos trimestres.

Y este estancamiento es realmente preocupante, dado que si nos fijamos en las tasas de paro de los jóvenes por nivel educativo, se ha producido un hecho notable que se materializó en el inicio de la crisis, y que como otros muchos hechos de nuestro mercado de trabajo, no ha retornado al estado pre-crisis. Este es que se ha producido una importante brecha entre las tasas de paro de los jóvenes más educados y los menos educados. Tal como se muestra en el gráfico de la portada, este hecho se observa especialmente en la serie más larga disponible entre titulados universitarios y el resto (gráfico de cabecera). Hasta el inicio de la crisis,  ambas tasas de paro siguieron una evolución muy similar, pero desde entonces se ha producido una brecha que no se ha vuelto a reducir.

Si entramos en una mayor desagregación, constatamos que si bien antes de la crisis existían escasas diferencias en tasas de paro por niveles educativos (la de los titulados universitarios eran similares a las de bachillerato y la ESO, e incluso inferiores a los dos ciclos de FP), el abanico entre niveles educativos se ha abierto, para no volver a cerrarse, con brechas de hasta 16 pp con los titulados en ESO y de 28 puntos con los que adquirieron niveles inferiores.

Conclusiones

No entro a valorar las 50 medidas, todas ellas bien intencionadas. Pero esto no es suficiente. Sería más que deseable que, por primera vez, se evaluase su impacto de forma rigurosa, tanto en términos de eficacia como de eficiencia, en lugar de una mera recolección de indicadores poco útiles. De tal forma que el próximo Plan no se podría dejar de referir a la eficacia de estas medidas, y se podrían juzgar la nuevas medidas por su posible impacto, en lugar de por la buena intencionalidad. Por otra parte, ser más realista con los resultados de impacto esperados, también ayudaría a otorgar más credibilidad a estos planes, y valorar los logros alcanzados en su justa medida, es decir, debido a las medidas aplicadas, y no a las tendencias demográficas o al ciclo económico.

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