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De plagios y estrategias tramposas en la universidad

De Samuel Bentolila, Antonio Cabrales, Jesús Fernández-Villaverde y Luis Garicano

Hace unos meses nos hicimos eco en este blog de una noticia sobre un plagio científico detectado en la Universidad de Vigo. Hay desarrollos recientes relacionados con este caso, que nos ha hecho llegar un amable lector, resultan muy significativos sobre el en el mundo universitario español y acerca de los incentivos para aprovecharse del sistema.

El caso se refería a la decision del Journal of Chemical and Engineering Data de retirar dos artículos ( y ) publicados en ella por un grupo de investigadores españoles dirigidos por el catedrático , por tratarse de una “publicación duplicada” al detectarse que “porciones significativas de estos artículos habían sido previamente publicadas por diferentes autores” en otras revistas.

La del investigador fue la siguiente, según El País:

Mejuto reconoció que se trata de “malas practicas y negligencia” por su parte, pero que en ningún momento hubo intención de violar las normas éticas. “Reconozco que soy un chapucero pero no soy un tramposo; esto es un error, pero no un plagio”, afirmó. Su explicación de la “chapuza” es la siguiente: se utilizaron los primeros párrafos de los artículos de los chinos para redactar los propios trabajos (se aducen dificultades de escribir en inglés) y por error se enviaron a la revista los ficheros previos y no los de los artículos definitivos. Luego se publicaron y ninguno de los seis firmantes volvió a mirar esos trabajos suyos ni alertó del error, hasta que la revista se puso en o con Mejuto.

Esta explicación desafía la inteligencia de cualquiera que haya sufrido el durísimo proceso de revisión en revistas científicas buenas. Como nos indica nuestro lector, tras publicarse en mayo la noticia en El País (y en el ) y en junio en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (), sucedieron varias cosas:

(1) Una comisión de investigación nombrada por el rector y formada íntegramente por personas de la Universidad de Vigo de la acusación de plagio a los autores, haciendo a los investigadores solo responsables de mala práctica investigadora y negligencia. está el acta (primer enlace, ver el Anexo II).

(2) La Xunta de Galicia de 112.000 euros a un grupo de investigadores agroalimentarios codirigido por Juan Carlos Mejuto, como reconocimiento a la labor científica desarrollada.

(3) El primer firmante de los dos artículos retirados, que obtuvo su doctorado después de conocerse el caso de plagio, por una comisión de Investigación como candidato número uno para la obtención del premio extraordinario de doctorado en Ciencias 2011.

Además, hay un de 2008 ("Influence of colloid suspensions of humic acids upon the alkaline fading of carbocations" y de 2010 ("Influence of colloid suspensions of humic acids on the alkaline hydrolysis of N-methyl-N-nitroso-p-toluene sulfonamide") de varios de los autores involucrados en el caso anterior, cuyos títulos y abstracts se parecen mucho entre sí.  No tenemos ni idea de química, pero resulta sorprendente que el artículo de 2010 no cite al de 2008, así que quizá sea un autoplagio.

Hay varias moralejas de estos sucesos. Una es que . No parece que la , pese a que lidera un Campus de Excelencia Internacional (), haya sentido que su reputación podía ser lo suficientemente afectada por este caso como para reaccionar de forma más enérgica en relación con los investigadores involucrados.

Otro aspecto importante es el lado oscuro de un cambio reciente y muy deseable, a saber, que los gestores de nuestro sistema universitario hayan decidido tener en cuenta las publicaciones (e incluso el factor de impacto) de los investigadores para las promociones, los aumentos de remuneración y los premios de investigación. Pero esto no basta, porque los esquemas habituales animan a los investigadores a intentar manipular el sistema (). Una forma de manipulación es publicar muchos artículos muy parecidos. Si se suman todos, parece que la contribución es grande, pero yendo al fondo se concluye que no es así.

Algunos departamentos universitarios han creado listas de revistas en las que se debe publicar para conseguir plazas universitarias, promociones o aumentos de sueldo. Esto es una mejora con respecto a la situación previa, pero no basta. La pura suma de artículos o citas no es un indicador suficiente. Inevitablemente, los comités evaluadores han de leer los artículos para hacerse una idea de su contribución real. Una anécdota al respecto la vivió uno de nosotros un día cuando, hablando con Andy Postlewaite y otros colegas sobre un prominente economista experimental, alguien dijo que tenía diez publicaciones del máximo nivel (top) en tres años. Andy levantó la ceja y dijo “no, tiene solo dos”. Mirando después los artículos a fondo resultó que efectivamente solo había dos ideas. Ni siquiera era un caso de autoplagio, eran diez artículos legítimamente distintos, pero no había más de dos ideas entre todos ellos.

Estos problemas no van a desaparecer si no se cambian los incentivos. Simplemente apelar a la honestidad del investigador no va a solucionarlo y depender de los tribunales tampoco funcionaría, porque los juristas son muy garantistas y el plagio (y aún más el autoplagio) suele ser difícil de probar.

Por nuestras responsabilidades en revistas científicas, a veces nos hemos encontrado con autores que eran "pillados" por los evaluadores anónimos habiendo enviado para su posible publicacion trabajos que eran muy parecidos a artículos que ya tenían publicados o enviando el mismo trabajo simultáneamente a dos revistas científicas, lo que está terminantemente prohibido (hace unos años un investigador envió un trabajo a la vez a tres revistas de economía, con la mala suerte para él de que las tres eligieron el mismo evaluador). En estos casos las revistas suelen prohibir al autor el envío de originales durante un par de años (esto sucedió en el caso de la Universidad de Vigo) y notificar a las otras revistas involucradas y/o a los responsables de los departamentos donde trabajan los tramposos. Pero no lo hacen público ni van más allá por muchos motivos, incluido el miedo a la litigación.

No hay manera de emplear métodos mecánicos para evaluar a fondo las contribuciones de un investigador, por mucho que sea una primera información útil. El mejor mecanismo está ya inventado, son los comités de pares (peer reviewers), que se nutren a su vez de informes de investigadores prestigiosos externos al departamento. En los mejores departamentos universitarios, cuando se va a considerar una promoción, se piden entre cinco y diez informes de evaluadores externos. Nos queda aún mucho camino por recorrer en este sentido.