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Las Guerras de Nuestros Padres

Cuando era pequeño, normalmente en alguna larga noche del verano de Asturias, oía de vez en cuando a mis mayores hablar de las herrumbrosas lanzas arrojadas hacía unas décadas entre gente que había vivido siempre juntos en Región o en cualquier otra punta de España. Si bien aún no conocía a Juan Benet, estos murmullos soterrados me hacían sospechar, de manera intuitiva, de la necesidad de su existencia. Esto era así porque las guerras de nuestros padres, cuanto más las intentamos esconder, cuando más clamamos con descaro que pertenecen a un pasado lejano que no nos acontece, se revuelven contra nosotros como una pesadilla constante que oprime nuestro espíritu.

Los tiempos han cambiado y con ellos los murmullos. Ya no paseo por las calles de mi infancia sino en un mundo distinto, el de la economía académica, y las guerras de nuestros padres ahora tiene como personajes a Lucas y Prescott y Sargent y Tobin y muchos otros, y los murmullos ya no se cuentan al final de un día en la playa sino con unas cervezas tras acabar un seminario.

Pero la idea principal, la inherente división en como acometer el estudio de las fluctuaciones agregadas está ahí, mirándonos con cara de fiera, riéndose de todas nuestras sesudas demostraciones que esto ya era cosa del pasado. De un lado, aquellos que piensan que el formalismo es una ayuda al racionamiento, pero nunca un fin en sí mismo y que, en ausencia de un modelo explícito, podemos dejar que nuestra intuición reine poderosa, en especial dado que hay muchos hechos estilizados del comportamiento de las economías con los que podemos construir con rapidez respuestas de política. Del otro lado, los que se encuentran más cómodos con un modelo, con números y con limitaciones en lo que se puede decir, siempre dubitativos, preocupados por aquel sesgo de selección que se hayan podido olvidar, conscientes, casi de manera enfermiza, que el gran problema de la economía no es que ponga demasiadas restricciones en los observables sino el que ponga demasiadas pocas.

Este es el campo con el que me identifico y, aunque caiga en ocasiones en la tentación de pasearme por el primero (como Victor se encarga de recordarme con toda la razón del mundo), cuando lo hago, me arrepiento de ello con ese complejo de culpa un tanto calvinista que siempre he sufrido (probablemente por haber ido a un colegio de Agustinos, pero eso es otro tema).

El lector atento se habrá dado cuenta de que la línea divisoria trazada, lo que Carl Schmitt llamaría la inherente alteridad del otro, no reposa sobre la creencia en las virtudes relativas del mercado o en el tamaño del multiplicador de la política fiscal. Ni siquiera en el grado de racionalidad asumido de nuestros agentes. La división fundamental, casi esencial, es de método.

Si, ya se. Llegado esto momento muchos estáis tentados de cerrar la página web y seguir con vuestra vida cotidiana. La fue probablemente una pérdida de tiempo para todos aquellos envueltos en ella y con solo con gran trepidación me adentró a discutir estos temas en el blog. Pero mi conversación sobre el estado de la macroeconomía con Michele el lunes y el excelente y provocativo post de Luis, me obligan, quizás ingenuamente, a afrontar la necesidad de ordenar mis pensamientos al respecto y justicar mi propia postura.

Y cómo he decido hacerlo, en vez de por medio de una discusión abstracta, es con el estudio de un caso: el de los efectos de la política fiscal (este año doy una clase de Historia Económica a los del master de Wharton así que mejor practico esto de los casos).

Personalmente colocó casi en el mismo bando de la discusión a Cochrane que a Krugman o Delong. Unos empiezan con la hipótesis de que la política fiscal es particularmente poderosa en la situación actual de trampa de la liquidez. Esto es un axioma de trabajo que no tenemos que discutir en cuanto que es obvio (y su negación evidencia de que uno ha olvidado las enseñanzas de Keynes). Los otros argumentan que la política fiscal no puede funcionar o solo lo hará de manera muy limitada porque incrementos de gasto público expulsarán gasto privado. De nuevo, pocos argumentos y mucho convencimiento.

¿Cómo lo pienso yo? Fundamentalmente sigo dos caminos, cada uno aprendido de los dos economistas que más admiro: Chris Sims y Ed Prescott y que, a pesar de sus diferencias sustantivas, están, según mi clasificación, ambos en el segundo grupo (al menos cuando a Ed no le dan aires como los que le salen de vez en cuando).

El primer camino es utilizar enfoques que dan un mayor peso a la estructura temporal de los datos que a la teoría económica. Me refiero, claro está, a nuestros amados/odiados Vectores Autorregresivos (VARs). Ni este es el lugar de repasar toda la literatura empírica al respecto ni el lector querrá que le lleve por los procelosos canales de las hipótesis de identificación, pero mi resumen de la evidencia es que:

1) Bajo condiciones normales, la política fiscal tiene un efecto moderado.

2) Que no podemos decir nada acerca de la efectividad de la política fiscal en la trampa de la liquidez simplemente porque no hemos estado tiempo en ella para que ninguna inferencia tenga mucha robustez.

3) Que existen situaciones, básicamente cuando los países tienen altos niveles de deuda, en que una expansión fiscal puede tener efectos contractivos y una consolidación fiscal efectos expansivos.

Como casi toda la evidencia empírica, no es concluyente y me resultaría trivial enumerar docenas de razones por las que los VARs nos pueden dan una respuesta equivocada (a fin de cuentas me dedico en buena medida a esto y no hay peor astilla que la del propio palo).

El segundo camino transcurre por la construcción de un modelo de equilibrio general dinámico. Que sea de equilibrio general es bastante obvio: la política fiscal afecta a la restricción de recursos agregada y resulta un tanto absurdo no afrontar directamente este elemento. La dinámica porque la política fiscal implica cambios en la restricción intertemporal de los gobiernos (al menos la financiada con déficits, que es la relevante en la discusión de política actual). ¿Qué sale de un modelo de este estilo calibrado/estimado según la manera favorita de cada uno? Tres lecciones:

1) Los efectos de la política fiscal dependen crucialmente del efecto riqueza. Un cambio en el gasto empobrece relativamente a los agentes y este empobrecimiento incrementa la oferta de trabajo. Por tanto, incluso en un modelo de ciclo real convencional, las expansiones fiscales tienden a incrementar el output en el corto plazo (algo que a Cochrane se le escapa por completo). La pregunta más relevante ahora es cuál es el tamaño de este efecto riqueza. Si uno piensa que es pequeño, la política fiscal tendrá poco efecto. Si uno piensa que es grande, todo lo contrario. Aunque yo tiendo a preferir efectos riqueza reducidos, mi distribución a posteriori tiene una varianza bastante alta. Además un incremento de output, en este contexto, no es siempre un incremento de bienestar: depende de la valoración marginal del consumo público de las familias.

2) Los efectos de la política fiscal dependen relativamente poco del nivel de rigidices nominales de la economía y mucho más de cómo crean los agentes que la restricción presupuestaria va a ser re-establecida. Esto genera shocks de noticias que son particularmente evasivos de analizar.

3) El mecanismo de tipo de interés (cuando sube el gasto o bajan los impuestos, el tipo de interés sube y esto deshace buena parte del efecto de la política fiscal) no es muy fuerte. Por tanto, la ausencia de este mecanismo, que es el que se argumenta para justificar que la trampa de la liquidez sea una situación tan inherentemente distinta con respecto a la política fiscal, hace poco probable que nuestros tipos actuales a nivel cero cambien mucho nuestra lectura de los resultados. Lamentablemente, esta es una situación que no entedemos completamente y los papers que he visto últimamente al respecto (como de Christiano, Eichenbaum y Rebelo) me dejan un tanto frío porque su resolución se basa en unos supuestos un tanto arbitrarios. ¿La solución? Llamar a Juan y a Pablo Guerrón y ponernos a solucionar el tema nosotros mismos.

De nuevo, muchos podréis estar en desacuerdo con mis conclusiones 1)-3) pero esto será porque hay cosas que no os gustan de mi modelo. Bueno, las modificamos y veamos las consecuencias. En el pasado he cambiado muchas veces de idea y estoy bastante seguro que volveré a hacerlo, pero para ello necesito un argumento, no un lema de campaña.

Total, que al final, si alguien me pide mi opinión, le tengo que dar una respuesta larga, llena de matices y de incertidumbres. Y cuando me llaman los periodistas (o un amigo que haga micro) a preguntarme, sufro lo indecible para poder resumir en una frase o dos todo el rollo que os acabo de contar (y luego encima el “quizás” te lo quitan de la cita en el artículo con todo el garbo del mundo). Krugman o Cochrane no tienen ese problema: su respuesta es fácil y contundente.

Más importante aún es que la práctica totalidad de los instrumentos que he descrito (VARs, modelos de equilibrio general dinámico, tratamiento de las expectativas, etc.) no existían antes de 1973-75. No, no he olvidado a Keynes (¿cómo voy a olvidarle si tengo una copia de un retrato suyo que le hizo en mi oficina?) y te se recitar la mitad de la Teoría General de carrerilla, pero he descubierto que para contestar a las preguntas que a él le interesaban, hoy tenemos muchas mejores herramientas.

Luis, en su post, prefería hablar del desempleo desde un punto de vista neoclásico. No he entrado en esta discusión porque no quería extenderme y buena parte de la discusión sobre el estado de la macro se ha centrado en la política fiscal. Solo un apunte breve: es relativamente fácil construir modelos de equilibrio general con alto nivel de paro. Cojamos un modelo con agentes heterogéneos y búsqueda. Hagamos que los costes del desempleo sean bajos (por ejemplo, en España, por medio de las redes de apoyo en las familias) y los beneficios netos de trabajar bajos (por ejemplo, en España, porque una parte muy alta de los desempleados tiene muy poca cualificación y, en el caso de las mujeres de más edad y con menos estudios, su productividad relativa en el mercado con respecto a la productividad en la producción de servicios domésticos es muy reducida) y ya le sale a uno sin mayor dificultad. Esto no quiere decir en absoluto que modelos con problemas de coordinación no sean una manera alternativa, y a lo mejor más plausible, de explicar la situación (un truco sencillo es utilizar creencias de alto orden, tengo un estudiante en el mercado haciendo esto si a alguien le interesa) o que las externalidades no puedan jugar un papel (si todos mis amigos están en paro, el estigma social de estar en paro yo también es mucho más bajo y por tanto mi salario de reserva sube), pero el distinguir entre estas hipótesis requiera de un trabajo empírico más delicado.

Seguimos la conversación y veamos dónde nos lleva...